FRANCISCO TOLEDO EN EL SENDERO LITERARIO

Hace un año el artista plástico mexicano se despidió de la vida terrenal

Mismo número, mismo mes, pero el calendario era regido por el 2019, año en el que el alma se le desprendió del cuerpo a Francisco Toledo, un combatiente de la gráfica desde donde acentuó la necesidad de ver por el otro, de defenderlo.

Arte, activismo y la izquierda, fueron la columna vertebral de uno de los artistas plásticos más genuinos de México, país enraizado a su genio urgido por preservar las tradiciones, difundir la cultura y defender el ambiente. Su visión fue amplia, panorámica. Para muchos era un tipo excéntrico. Ahora, a un año de su muerte, seguro que las calles de Juchitán, en Oaxaca, añoran ser pisadas por el hombre de huaraches y pies resecos como la tierra agrietada.

Es, tal vez, indudable, que desde hace 365 días la ciudad de los pueblos indígenas adolezca por sus ausencia y goce más bien de un vacío inexplicable. Y es qué ¿Cómo puede un ser humano dejar desamparado, no solo a un pueblo, sino a todo a un país?

Para México resultaba necesario pensar que en su centro se encontraba un hombre representando a la sabiduría. Un polímata poseedor de un vasto conocimiento de todo, y que además no estaba remiso a compartirlo. Toledo, el cuerpo, se ha ido con un no retorno definitivo, pero su legado se reaviva cada que alguien lo estudia o lo descubre.

¿Qué no se ha escrito sobre Francisco? Sobre el extraordinario colorismo de su acuarela, sobre su grabado o su técnica en la escultura. Sobre la riqueza de su técnica o del valor patrimonial de su obra. Comprometido, sensible, observador, crítico, o promotor, se suman al gran listado de adjetivos con los que fue y sigue siendo descrito.

La forma metafórica que tuvo para representar al mundo, es parte de la conciencia de todos los individuos que lo observaron como a una escuela, a la que entraron para seguir siendo influenciados y educados por un hombre que no se limitó solo a su visión para intervenir los lienzos en blanco, sino que también se sirvió de las letras de algunos escritores para reinterpretar su obra a través de su arte toledana, que por esa necesidad suya, fue que la mancuerna literatura-Toledo pudo consumarse, dándole otro tonalidad a su legado.

EN TRAZOS LITERARIOS

La relación de Francisco Toledo con la literatura puede leerse desde distintos géneros. Su obra fue abordada por la narrativa, el ensayo y la poesía. Pero también fue un gran lector y colaborador dispuesto a unir su talento con las letras de escritores.

Toledo se identificaba con la obra de Kafka, comenzó a leer al autor checo durante los años cincuenta gracias a las primeras traducciones que arribaban al país procedentes de Argentina. Su identificación, comentaba, era debido a que Kafka pertenecía a una cultura marginal y expuesta al rechazo social; el trazo zapoteco de Toledo entendía muy bien esas circunstancias.

Para la exposición Un informe para una academia (en referencia al relato de Kafka), que se llevó a cabo en la Ciudad de México durante 2005, el pintor oaxaqueño escribió en un artículo que se identificaba plenamente con Peter el Rojo, un simio semihumanizado protagonista del texto kafkiano.

Toledo se afirmaba como “chango de Juchitán”. En sus palabras: “Yo soy ese mono. Su historia es la mía. Yo, chango de Juchitán, salgo de mi comunidad y tengo que aprender (como Peter el Rojo) a comportarme y vestirme. A hablar, fumar y emborracharme. El mono no logra adaptarse por completo a la sociedad y yo tampoco lo he logrado a mis casi 65 años. Digamos que mi naturaleza simiesca, como en la obra de Kafka, no ha sido aplacada del todo”.

Varias fueron las oportunidades literarias que Toledo tuvo para inmortalizar su obra. Así, realizó piezas inspirado por las letras de Wallace Stevens, Carlos Monsiváis, Jorge Luis Borges y el mismo Kafka. También aparecen relatos de la mitología prehispánica como el Chilam Balam.

Pero quizá una de sus colaboraciones más conocidas puede ser la siguiente: en 1993, la Universidad de Texas publicó una nueva edición del Albúm de Zoología de José Emilio Pacheco (cuya primera edición data de 1985 por la editorial jalisciense Cuarto Menguante). La obra es un recopilatorio de poemas escritos por Pacheco durante su carrera literaria, seleccionados por Jorge Esquinca y en sus primeras dos ediciones estuvo ilustrada por el poeta Alberto Blanco.

Para la edición de la Universidad de Texas se tomó la decisión de aumentar la antología y de incluir ilustraciones del artista mexicano Francisco Toledo. La alianza entre la poética y la imagen se imprimió en la obra de manera natural, tinta y pintura fueron una sola.

En México, esta versión del Álbum de Zoología fue publicada en 1998 bajo los sellos de El Colegio Nacional y Ediciones Era.

Álbum de Zoología es un viaje por tierra, agua y aire, donde ambos ilustres acompañan al lector desde su propia perspectiva. El interés por honrar a los animales es lo que brota de sus hojas. Y es que como el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón escribió en un artículo publicado en 1988 en la revista nexos:

“En Toledo influyen sus entrañas y sus relaciones íntimas con la naturaleza. No se ha renovado; nació renovado. Ascender a la verdad primera, a la transparencia”.

Esta relación de Toledo con la poesía no sólo se quedaría en el libro de Pacheco. Por lo menos existen dos antologías poéticas importantes que entregan sus versos a la obra del maestro oaxaqueño.

La primera de ellas es Toledo, línea metafórica, un grupo de textos reunidos y publicados en 1998 por Miguel Flores Ramírez y con prólogo de Fernando Solana Olivares. La segunda de ellas es ¿Hacia dónde van los animales?, publicada por Almadía y que recoge poemas que autores como Luis Cardoza y Aragón, David Huerta, Alfredo Cardona Peña, Santiago Mutis entregaron al oriundo de Juchitán, colocando a este poblado oaxaqueño como la vía literaria de un universo que, a un año de ausencia, no olvida el singular trazo de su hijo pródigo.

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