FILOSOFÍA DE LA MUERTE PARA UNA PANDEMIA

Pensar ahora en la muerte es necesario. No hablamos de la necesidad como una recomendación urgente, sino como lo opuesto a la contingencia, porque pensar ahora en la muerte es ya inevitable. Con una cifra de muertos que solo en España hasta hoy se acerca a los 18.800 y un bombardeo mediático brutal —del que difícilmente es posible apartar la mirada aunque sea un rato—, la amenaza de muerte invade todos los espacios y absorbe el tiempo omnímodamente. Sin embargo, en este oscuro escenario hay algo rescatable.

Existe en este momento una estrecha correspondencia entre la manera en que se nos presenta la muerte y uno de los rasgos fundamentales de la filosofía. Se oyen demasiadas veces lemas o eslóganes como «la filosofía es ahora necesaria», o «la filosofía es más necesaria que nunca», pero estas afirmaciones casi siempre bienintencionadas pueden conducir a error, porque dan a entender que hay momentos en los que la filosofía es algo prescindible. Entendida en su sentido amplio la filosofía es necesaria, como lo es ahora la idea de muerte, porque no es contingente, porque todo ser humano tiene un esquema y una interpretación del mundo. Como ya se ha dicho, la alternativa a no leer filosofía no es no tenerla, sino estar condenado a tener una mala.

En un momento como este, en el que hacer filosofía de la muerte es inevitable, parece razonable acudir a aquellos que llevan ya mucho tiempo reflexionando sobre el tema y construyendo teorías al respecto, para no partir de cero ni caer en los mismos errores en los que ya se cayó en el pasado. Para, a fin de cuentas, caminar como ya hicieron otros «sobre hombros de gigantes». La filosofía ha trabajado la idea de la muerte desde el mismo momento de su surgimiento; algunos incluso señalan el problema de la muerte como el punto de partida de toda reflexión filosófica. De un modo u otro, la mayoría de filósofos se han encargado de reflexionar sobre la mortalidad, incluso aquellos como Spinoza, quien defendía que un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte. Desde la Grecia clásica hasta el presente existen textos en forma de ejemplos grandiosos a los que es irrenunciable acudir.

La alternativa a no leer filosofía no es no tenerla, sino estar condenado a tener una mala

Un libro guía

En su libro Muerte y mortalidad en la filosofía contemporánea (Herder Editorial), Bernard N. Schumacher reflexiona sobre algunos de los planteamientos más importantes que se han hecho sobre la muerte en la historia de la filosofía, desde el estoicismo o el hedonismo, pasando por las figuras de Platón, Lucrecio, Séneca, Cicerón, Plutarco, San Agustín, Montaigne, Feuerbach o Schopenhauer, para llegar a centrarse en Scheler, Heidegger y Sartre. Schumacher interpreta a todos estos filósofos desde las coordenadas del presente, teniendo en cuenta implicaciones éticas actuales, así como cuestiones que tienen que ver con la medicina y la neurociencia para saber qué criterios fisiológicos permiten determinar lo que llamamos muerte física, muerte personal, muerte social… El libro de Schumacher es un mapa que nos permite orientarnos en un tema de absoluta actualidad en un momento en el que, como apuntábamos antes, es imprescindible saber qué han pensado otros previamente, para así intentar nosotros mismos arrojar luz sobre un asunto que durante mucho tiempo se ha intentado esconder en la oscuridad.

Muerte y mortalidad en la filosofía contemporánea, de Bernard N. Schumacher, es un mapa para orientarse en un tema de absoluta actualidad en un momento en el que es imprescindible saber qué han pensado los filósofos previamente sobre la muerte

De lo que no se habla ¿no existe?

A menudo evitamos pensar en la muerte, como si por ignorar algo de semejante envergadura fuese de pronto a desaparecer. La realidad misma, cuando golpea, se convierte en el mejor argumento contra el idealismo radical. Bernard N. Schumacher llega a afirmar en su libro que la muerte es un tema tabú en las sociedades occidentales, y explica cómo adoptamos una tendencia a ocultar cualquier manifestación que pueda tener en nuestras vidas. Pero no está tan claro que eludamos la muerte en un sentido amplio; la continua violencia a la que nosotros mismos acudimos, aunque sea ficticia o la observemos desde lejos, no indica que siempre evitemos pensar en la muerte. Solo en Juego de tronos, por poner un ejemplo, se han visto más de 150.000 asesinatos. Ahora bien, esa muerte que acontece en la pantalla, en los libros o donde quiera que la observemos nunca nos acecha a nosotros, sino que siempre es el otro el que la recibe, y por tanto nunca se advierte como una verdadera amenaza.

La muerte aquí y ahora

¿Esto nos está pasando realmente?, se preguntaba el otro día en su artículo Santiago Alba Rico, recogiendo una impresión generalizada y que, como explicaba, tenía que ver con una sensación de que esa realidad-irrealidad se corresponde con una dependencia-independencia del mundo. La misma sensación que experimenta don Quijote antes de emprender sus aventuras, cuando al reparar su celada, lo hace «sin querer hacer nueva experiencia della» por la sospecha de que quizá no sea del todo real. La crisis que estamos viviendo, apuntaba Alba Rico, es la primera cosa real que nos pasa desde hace mucho tiempo, y de ahí que la vivamos con extrañeza, porque a diferencia de todo lo demás que ocurre en nuestro aparentemente inalterable día a día, esto nos afecta a todos, y ya no solo al otro, sino también a mí.

La amenaza de muerte ha dejado de ser estos días una voz lejana que se escucha como un susurro en la penumbra; se muestra a plena luz del día y nos despierta cada mañana en forma de número o dato que se nos aparece como en un espejo. El «enemigo», como se ha venido apodando al virus en un lenguaje excesivamente belicista, es invisible y ubicuo. Si la muerte era un tema tabú, como defiende Schumacher, la pandemia de coronavirus ha hecho que a la fuerza deje de serlo. Solamente la irracionalidad propia de un virus, que no entiende de justificaciones ni responde ante ningún fin que no sea la depredación voraz, y que encarna así en su máxima expresión una voluntad sin rostro como la de Schopenhauer, podía poner en jaque incluso a aquellos seres que se habían creído dueños del mundo.

Si la muerte era un tema tabú, como defiende Schumacher, la pandemia de coronavirus ha hecho que a la fuerza deje de serlo

La globalización, asumida como una nueva forma de patria cuya expansión parecía no tener límites, nos había hecho pensar que, más que nunca, éramos dueños del planeta. Solo lo más sumamente irracional podía sacudir la también irracional negación de nuestra condición finita y vulnerable. La muerte, quizá la mayor verdad que tenemos a nuestro alcance, asumida ahora como real, pone de manifiesto nuestra contingencia delicada. Esta toma de conciencia, que abarca todos los puntos cardinales, desvela la absoluta fragilidad que habíamos intentado enmascarar en vano con armaduras tan enclenques como suntuosas, que como la de don Quijote, se desmoronan con el más leve roce. La irrealidad y la desorientación que sufrimos se explican por haber dejado atrás el ocultamiento de la mortalidad propia, sin que hayamos encontrado todavía la manera de gestionar esta nueva conciencia de la muerte.

Frenar la curva de opinión

En la intranquila calma de este estado de alarma nos vemos avasallados por una información unívoca, que nos impide en muchos casos percibir los enormes cambios de fondo que ya se están produciendo. De aquí la constante ambivalencia y las infinitas contradicciones del discurso de cualquiera que ose pronunciarse al respecto, es decir, todos. La deceleración del ritmo de buena parte de la sociedad debería servir para bajar también la velocidad con la que hasta ahora nos aventurábamos de forma temeraria a dar opinión de absolutamente todo lo que pasa, sin haber estudiado y reflexionado primero. De ahí la llamada anterior a acudir a los filósofos con el reposo y la paciencia que exigen, para afrontar con más herramientas la nueva realidad, porque la normalidad tal y como la conocemos, tanto por suerte como por desgracia, no parece que vaya a ser recuperada. Como inevitablemente el recuerdo se entromete en la construcción de nuevos horizontes, serán tiempos, más si cabe, para la nostalgia.

La desaceleración debería servir para bajar también la velocidad con la que hasta ahora nos aventurábamos a dar opinión de todo sin haber estudiado ni reflexionado nada

Lo que enseñan los clásicos

Imposible no acordarse en tiempos de nostalgia de Homero y su Odisea (otra de esas lecturas para esta intranquila calma) cuando dice con Aquiles, resurgido de las sombras: «No me elogies la muerte, ilustre Ulises. Preferiría ser bracero y siervo de cualquiera a reinar sobre todos los muertos extinguidos». Si la muerte es el mayor de los males, parece lógico que intentemos por todos los medios atenuar el daño que nos produce. Esto no significa que debamos recuperar las formas evasivas que hasta ahora habíamos asumido, sino que logremos alcanzar una actitud sincera y honesta, partiendo del hecho de que la muerte es indeseable, pero sabiendo que hay formas mejores y peores de pensar en ella y de afrontarla cuando nos llegue el momento. Inevitable acordarse también de Kubrick y su Senderos de gloria, con el recientemente fallecido Kirk Douglas, que nos muestra en aquella escena del pelotón de fusilamiento cómo los inocentes afrontan de formas tan distintas su final. Algo por lo que también tuvo que pasar Dostoievski cuando lo condenaron a una falsa ejecución con el propósito de arredrarlo al ver de frente su propia muerte. Sin duda una de las claves para enfrentarse a ella es haber sido hábil eligiendo de quién rodearse, y de ahí que incidamos en escoger buenos autores a la hora de abordar el asunto. Hay que darle algo de razón a Platón cuando dice que «los que filosofan en el recto sentido de la palabra se ejercitan en morir, y son ellos a quienes resulta menos temeroso el estar muertos».

¿La buena muerte?

En este momento mueren en soledad miles de personas a causa de la pandemia. Por si fuera poco tener que morirse, hay que hacerlo aislados y lejos de los familiares porque las condiciones de seguridad así lo exigen. En Holanda vemos cómo se empiezan a adoptar otras políticas sanitarias, que no permiten el ingreso hospitalario a los ancianos y a los que no gozan de buena salud, alegando que así se previene su sufrimiento al permitirles morir rodeados de sus seres queridos, y que además de esa forma no se saturan los hospitales. Algunos discursos como este pueden ser peligrosos porque, poniendo por delante el argumento de la buena muerte, esconden detrás intereses económicos que poco tienen que ver con los problemas éticos que intentan aparentar. En cualquier caso, parece justo que sea la persona que sufre la enfermedad (o sus familiares en caso de que la persona no pueda) quien decida cómo morir. Por desgracia existen circunstancias de excepción en las que esto resulta especialmente difícil, pero precisamente por ello debemos exigirnos un rápido aprendizaje de estas situaciones límite, para ser capaces de afrontarlas en común de la mejor manera posible, y sobre todo para no caer de nuevo en la irrealidad una vez superadas.

Y ojo con la gestión de esta situación: algunos discursos, con el argumento de la buena muerte, pueden esconder intereses que poco tienen que ver con los problemas éticos que intentan aparentar

La Gran Pedrada

Compartía hace poco Jorge Riechmann en Twitter un poema que escribió hace ya cinco años, y que saldrá en su próximo libro: No hay afueras/ dijo Derrida/ Sólo espejos/ que se reflejan en espejos/ reflejados en otros espejos/ ¿Y cuál será entonces a la postre/ la Gran Pedrada que por fin rompa el juego/ de la Infinita Semiosis?/ ¿El cénit del petróleo/ el apocalipsis climático/ o alguna gran pandemia?

La Gran Pedrada y la rotura del juego desvelan que no hay afueras porque la conciencia global de la muerte es lo que en última instancia nos une y nos iguala. Esa rotura y esa presencia de la muerte deben servir también para poder identificar la actitud política torticera que ya hemos empezado a ver estos días, en la que aprovechando la situación unos intentan afirmarse a través de la negación del otro, en un momento en el que, con más resignación que rebeldía toca afirmarnos al unísono.

El derrumbe de la cómoda ficción en la que habíamos habitado no es del todo nuevo, pero somos grandes especialistas en el olvido. Si de algo tiene que servir una situación de realidad como esta es para no olvidar lo que ahora vemos tan claramente, y conservar la impresión como un sello en la retina. Tras el hundimiento de las bases no deberíamos reanudar el camino con los pies de barro, como la estatua del sueño del rey Nabucodonosor, que al caer «todo a la vez lo hizo polvo». Parece más razonable dejar de lado las justificaciones a las que nos habíamos aferrado y con las que explicábamos la muerte como un encuentro fortuito, como si realmente no nos fuese a afectar a nosotros salvo por una remota maldición del cosmos o una improbable lotería repartida entre todo el universo que difícilmente nos arrebataría nuestra inmunidad. Es más real reconocer que somos absolutamente vulnerables, y a esa realidad le corresponde situar a la muerte en su mismo núcleo, no en la periferia ni en los suburbios desde donde acecha igualmente, aunque la apartemos tan lejos que ni la veamos.

Es más real reconocer que somos absolutamente vulnerables, y a esa realidad le corresponde situar a la muerte en su mismo núcleo

Los atomistas griegos ya pensaron que la muerte, en su sentido físico, acababa por invadirlo todo porque consistía en la corrupción de los cuerpos, la separación de las partes, que tarde o temprano acontece en todas las cosas. Si entendemos como el atomista Leucipo que todo ocurre necesariamente por azar, en una aparente paradoja, o como lo interpreta Iván de los Ríos, «razonablemente sin razón», entonces es de imprescindible actualidad comprender también, para afrontar la pandemia y sus consecuencias, que la muerte es tan azarosa como necesaria, en el sentido apuntado al principio. Esto no impediría en ningún caso la consecución de una buena vida. Más bien al contrario, porque abandonar falsas ilusiones, o dejar de ignorar una verdad tan segura como la muerte, nos evitaría el dolor que produce la colisión de la realidad con el engaño. Atar en corto la idea de muerte, tenerla cerca para ir poco a poco comprendiéndola, antes de abrazarla para siempre, puede hacer que no nos impresione ni nos sorprenda tanto cuando llegue el momento de su azaroso y necesario encuentro.

Be the first to comment

Leave a Reply

Your email address will not be published.